SUPER RETARDED DOG I (el milagro de los panes y los penes)

1990 fue un año de rivalidades que pasaron a la historia: En el rap, Mc Hammer vs Vanilla Ice. En el boxeo: Mike Tyson vs James Buster Douglas. En la moda: Cindy Crawford vs Claudia Schiffer y en Usera: El Cholín vs Gafas que me estafas. El Cholín era un chaval de 13 años, muy alto para su edad, muy chulo para su edad y según un rumor que él mismo había extendido, muy bien dotado para su edad. Gafas que me estafas era yo, tenía 12 años, era bajito para mi edad, demasiado pacífico/cobarde para Usera y según una leyenda que circulaba por el barrio, un liante de tomo y lomo, nadie osaba embarcarse conmigo en proyecto alguno porque temían salir seriamente damnificados. El Cholín me odiaba a muerte, especialmente desde el día de verano 1989 en el que estaba haciéndose el gallito delante de la chica que le gustaba y yo aparecí a lomos de mi bh con ruedines, mi querida Babieca:
CHOLÍN: ¡Gafotas! ¡Ven aquí, que te voy a dar un collejón!
GAFAS QUE ME ESTAFAS: Claro, Cholín, ahora voy, es que tengo que hacer un viaje urgente a la capital de España, para operarme de la miopía. Quizás puedas ayudarme ¿Sabes cuál es la capital de España?
CHOLÍN: ¿Eh?
GAFAS QUE ME ESTAFAS: ¿Sabes lo que es una capital?
CHOLÍN: ¿?
GAFAS QUE ME ESTAFAS: ¿Sabes lo que es España?
La chica se río mucho de él y el Cholín se fue a por mí, mientras me miraba rabioso, pero gracias a la enorme velocidad de Babieca no consiguió alcanzarme. Yo llegué a casa satisfecho por mi victoria pero convencido de que tarde o temprano intentaría joderme. Llevar gafas era un asunto muy duro en mi barrio. El día que te ponían gafas automáticamente pasabas a ser un marginado, si tenías un mínimo prestigio se iba por la borda. El respeto que se me tenía ya era escaso en mi vida pre-gafas, con gafas pasó a ser inexistente y ricé el rizo el día en que decidí hacerme la permanente. Le dije a mi madre: “Mamá, o me haces la permanente o meto los dedos en el enchufe” Y si algo temía mi madre era la luz eléctrica, para ella Edison era peor que Stalin. Así que me la hice, me fui a una peluquería de señoras y metí la cabeza en un cacharro de esos de los que salía calorcito. Quedé muy satisfecho con el resultado, me quedaba tan bien que pensé que eso iba a compensar lo de las gafas, que ahora que llevaba un peinado de madre, se me iba a respetar como a una madre. Lamentablemente, tal y como sigue ocurriendo, el mundo no está preparado para un pensamiento tan evolucionado. Lo peor es que mi permanente y la mofa generalizada de todo el colegio coincidió con el auge del Cholín, impulsado sobre todo por el miedo que inspiraba su nuevo perro, un Doberman imponente al que decidió llamar Skeletor. Al Cholín le empezaron a rondar las pericas más bellas de 13 años, básicamente por su aureola de tipo duro, con sus Nike, sus Levi´s y su Doberman. Me contaron que Skeletor era muy listo, que sabía dar la patita y tumbarse cuando El Cholín se lo ordenaba. Había gente que, con buen criterio, decía que Skeletor era más listo que su amo. Yo mientras estaba más sólo que la una, nadie me hablaba, era un niño solitario con gafas y permanente. Era tan triste que jugaba con mi amiga invisible, Marian, que aparte de estar superbuena, sabía darme una de cal y una de arena para mantenerme continuamente pendiente de ella. Era una hembra muy sugerente, pero no era más que una sombra chinesca, una ilusión que amenizaba mi incipiente onanismo. Sólo la tenía a ella, hasta un día en el que me estaba pegando un voltio con Babieca y se me cruzó una especie de rata que corría por el parque a gran velocidad. Por esquivarla, me estrompé y jodí mis ruedines, pero cuando estaba en el suelo doliéndome de la rodilla y lamentando mi suerte, algo me lamió la nuca. Me giré y ¡Era la rata! ¿O era un perro? ¡No! ¡Se trataba de un Perro – rata! Era muy pequeño, su carita era muy muy fea, y su expresión era la cosa más tonta que había visto jamás, pero algo me enterneció en ella, creo que fue una conexión instantánea. Le dije: “¡Hola, ser del averno!”. Y ella emitió un ruidillo agudo a la par que entrañable, algo así como: PIIIIII PIIIIII. Así que la bauticé como Pipi, me la llevé a casa en un bolsillo y se convirtió en mi única amiga. Era tan pequeña que nadie en mi casa se dio cuenta de su existencia. Bueno, mi abuela de hecho aún no se había dado cuenta de la mía y llevaba 12 años allí. Y a mi padre le conocía de vista. Así que podía estar tranquilo en mi habitación con Pipi y afrontar la dura tarea de ser padre, de educar a esa criatura. Aspiraba a convertirla en el animal más espabilado de toda la puta ciudad, pero pronto me di cuenta de que mis pretensiones eran jodidamente desproporcionadas. Pipi sencillamente, era subnormal, era un perro subnormal. No era capaz de hacer nada de lo que pretendía enseñarle. Le decía que me diera la patita, como hacía Skeletor, y Pipi se golpeaba la cabeza contra la pared, muy despacio, hasta que la retiraba de allí y la colocaba en otro lugar, donde ya se quedaba en su posición natural, mirando a la nada y con un trocito de lengua fuera.

Si le pedía que se tumbara, se quedaba mirándome con aire melancólico y gritaba PIIIII PIIIIII ¿Qué misterios encerraba Pipi en su aparente depresión? ¿Qué intentaba comunicarme con sus lamentos, con su empeño por autolesionarse? Lo descubrí de forma súbita e inesperada:
21 de Agosto de 1990. Plaza Romana. Voy caminando, porque Babieca ya no tiene ruedines y no consigo mantener el equilibrio. Voy solo, porque la gente sigue sin hablarme porque llevo gafas y porque Pipi me espera en casa para que la saque. Voy de culo, porque me acabo de cruzar con El Cholín, Skeletor y su novia Sarita, una chica bellísima de pésimo gusto. Sin Babieca no hay manera de huir, puto Pipi.
CHOLÍN: ¿Qué haces por aquí, Gafas que me estafas? Me he enterado de que tienes un perro…
GAFAS QUE ME ESTAFAS: Sí y es más listo que tú e incluso más listo que tu perro.
CHOLÍN: Te voy a romper la cara gafotas.
GAFAS QUE ME ESTAFAS: Disculpa Cholín, una pregunta. ¿Te has dado cuenta de que tu padre también lleva gafas?
CHOLÍN: ¿Estás llamando gafotas a mi padre? Ya sí que te la has cargao.
SARITA: ¡Déjale, no le pegues!
Pero sí que me pegó, me pegó un puñetazo en la cara y las gafas salieron volando. Y como ya por esa época era muy miope, no conseguía encontrarlas en el suelo. Y me di cuenta de que Skeletor me las había quitado y estaba masticando los cristales. Y cuando me levanté y percibí la presencia del Cholín muy cerca, solo acerté a decir:
GAFAS QUE ME ESTAFAS: Porque tengo que sacar a Pipi, que si no…
CHOLÍN: Venga, pues te espero aquí.
Subí a casa con el morro hinchado y la dignidad por los suelos. Entré en mi habitación y allí estaba Pipi esperándome. Miré por la ventana y además de Cholín, Skeletor y Sarita, medio barrio estaba esperando a que bajara para que me acabaran de partir la cara. Entonces Pipi empezó a revelar el secreto. Fue al salón, abrió el cajón con la boca, cogió el collar, me lo trajo, me lo puso en la mano y me miro a los ojos. Le puse el collar y tiró de mí, con la fuerza de 10 Skeletors. Me llevó por la escalera con enorme seguridad, yo no quería salir y me hice fuerte justo en la puerta, había que pulsar el interruptor para poder salir y no estaba dispuesto a hacer eso para salir a la calle y que me dieran la paliza del siglo. Pero Pipi estaba en trance y se elevó, metió un salto de 20 veces su tamaño, se erigió en una suerte de deidad con forma de perro-rata y pulsó el interruptor con su patita superior derecha, para centésimas de segundo después y en la consiguiente caída, abrir la puerta con la patita inferior izquierda. Salimos a la calle y allí estaba media Usera, dispuesta a asistir a mi asesinato. Pipi se fue directo a por Skeletor, que le gruñía con su estúpida suficiencia de macho alfa. Pipi sólo le miro a los ojos durante unos segundos y Skeletor hizo lo único que sabía hacer, se tumbó y le dio la patita. Entonces Cholín vino a por mí y yo seguía dudando la verdad, a pesar de todo lo que estaba pasando seguía teniendo serias dudas de que un minúsculo perro-rata me salvara de la tumba. Y entonces Pipi se interpuso entre ambos, se puso a dos patas y dijo en dirección a Cholín:
PIPI: PIIIII PIIII
Y los pantalones de Cholín se empezaron a bajar solos. Y los calzoncillos también. Y lo que apareció a la vista de media Usera no fue un pene “de mayor” como nos habían vendido, sino un triste garbanzo, un pene más pequeño que el de un recién nacido. Cholín ya lloraba y huía y yo ya me sentía vencedor, pero la cosa no quedo ahí. Pipi se giró hacia mí y dijo:
PIPI: PIIIII PIIII
Y mis pantalones se empezaron a bajar solos. Y los calzoncillos también. Y lo que apareció a la vista de media Usera no fue mi pene de niño de 12 años, sino un pedazo de verga descomunal, pornográfica, “de negro”.
MEDIA USERA: Ohhhh
Bien sabe Dios y todas mis amantes que yo jamás he tenido algo así entre las piernas, sólo durante esos breves instantes en los que Pipi hizo el milagro de los panes y los penes. Entonces nos fuimos a casa, fui al baño ilusionado pero todo había vuelto a su ser, pero no me importó lo más mínimo. Lo que tenía entre manos era mucho más importante que un enorme pene. Tenía un perro con apariencia de retrasado pero con una capacidad inabarcable. Tenía al Stephen Hawking de los perros. El futuro estaba en mis manos.

Anuncios